diario del acabóse

suelen morir por culpa del aire que silba en la pared
aún con la bocanada el humo y la ración de plástico
mordida por otro cielo sólido de arcilla
buenos hijos soldados
que atienden los penúltimos consejos del pastor
sin ver cómo mejora la contienda en su retina de animal
lejos de la guarida tan cansada
entre ruinas de luz áspera y sucia contando pulsos
como el que entrena su memoria en la devastación del mar
infectados de luz respirando al compás de las arterias rotas
soldados de la fe y la tierra asolada
peregrinos cuya forma descansa en las imágenes de todas las contiendas
vísceras ropa herida y tanto pulmón vivo de aire seco
que silba detenido en la pared 
pepe
Mar 7

suelen morir por culpa del aire que silba en la pared

aún con la bocanada el humo y la ración de plástico

mordida por otro cielo sólido de arcilla

buenos hijos soldados

que atienden los penúltimos consejos del pastor

sin ver cómo mejora la contienda en su retina de animal

lejos de la guarida tan cansada

entre ruinas de luz áspera y sucia contando pulsos

como el que entrena su memoria en la devastación del mar

infectados de luz respirando al compás de las arterias rotas

soldados de la fe y la tierra asolada

peregrinos cuya forma descansa en las imágenes de todas las contiendas

vísceras ropa herida y tanto pulmón vivo de aire seco

que silba detenido en la pared 

pepe


Evitar la decoración y el lirismo,


Evitar el lirismo y la decoración pura, Evitar la decoración y el lirismo puro. Ir hace una localización más recogida, Menos elocuente, más analítica. Menos Convenciones, incluso rebuscadas. Más Episodios, aproximaciones. Menos fórmulas. Más observaciones. * No contar la propia vida.

HENRY DELUY
http://patriciadamiano.blogspot.com/#ixzz1oRC3MSVH
Mar 7

Evitar la decoración y el lirismo,

Evitar el lirismo y la decoración pura,
Evitar la decoración y el lirismo puro.
Ir hace una localización más recogida,
Menos elocuente, más analítica. Menos
Convenciones, incluso rebuscadas. Más
Episodios, aproximaciones. Menos fórmulas.
Más observaciones.

*

No contar la propia vida.

HENRY DELUY

http://patriciadamiano.blogspot.com/#ixzz1oRC3MSVH

Mar 5

Alba blanca. Quietud. Cuando el murmullo empezó
creí que era el viento marino, que llegaba a nuestro valle con rumores
de sal, de horizontes sin árboles. Pero la niebla blanca
no se agitó; las hojas de mis hermanos permanecieron extendidas
inmóviles.
Pero el murmullo se acercó más, y entonces
mis propias ramas externas comenzaron a estremecerse, casi como si
un fuego ardiera por debajo, demasiado cerca, y retorciera y secara
sus puntas.
Mas yo no temía, sólo
estaba profundamente alerta.

Fui quien primero lo vio, pues crecí
en el pasto de la ladera, más allá de la floresta.
Era un hombre, según parecía: los dos
tallos balanceándose, el tronco corto, las dos
ramas—brazos, flexibles, con cinco varas cada una,
sin hojas en la punta,
y la cabeza coronada de pasto pardo u oro,
portando un rostro no como el rostro afilado de un pájaro
sino como el de una flor.
Llevaba un haz de
ramas curvas, cortadas aún verdes,
guías de parra firmemente tensadas a lo ancho. De ahí,
cuando lo tocaba, y de su voz
que a diferencia de la voz del viento no necesitaba de nuestras
hojas y ramas para completar su sonido,
venía el murmullo.
Pero ya no era un murmullo (se había acercado y
detenido en mi primera sombra) era una ola que me bañaba
como si la lluvia
se levantara y me envolviera
en vez de caer.
Y lo que sentí ya no fue un zumbido seco:
Yo parecía cantar mientras él cantaba, parecía saber
lo que sabe la alondra; toda mi savia
se elevaba hacia el sol que para entonces
había subido, la niebla ascendía, el pasto
se secaba, pero mis raíces sentían que la música las humedecía
en lo hondo de la tierra.
Se acercó todavía más, se apoyó en mi tronco:
la corteza tembló como una hoja aún doblada.
¡Música! Ni una rama mía dejaba de
temblar de gozo y de miedo.
Luego al cantar
ya no eran sólo sonidos los que hacían la música:
hablaba, y mientras ningún árbol escuchaba, yo escuché, y el lenguaje
penetró en mis raíces
desde la tierra,
en mi corteza
desde aire,
en los poros de mis brotes más verdes
suavemente como rocío
y no había palabra que él cantara cuyo significado yo desconociera.
Habló de viajes,
de donde el sol y la luna van mientras nosotros permanecemos
de pie en la oscuridad,
de un viaje a la tierra que soñaba hacer algún día
más hondo que las raíces…
Habló de los sueños del hombre, de las guerras, pasiones, pesares,
y yo, un árbol, entendí las palabras —ah, parecía
como si mi gruesa corteza se quebrara como un árbol joven que
crece demasiado rápido en la primavera
cuando lo hiere una helada tardía.
El fuego cantaba,
aquel que los árboles temen, y yo, árbol, gozaba en sus llamas.
Brotes nuevos despuntaron aunque era pleno verano.
Como si su lira (ahora sabía su nombre)
fuera fuego y nieve a la vez, sus cuerdas se inflamaban
hasta alcanzar mi copa.
Fui semilla de nuevo
Fui helecho en el lodo.
Fui carbón.
Y en el corazón de mi madera
(tan cerca estuve de volverme hombre o dios)
había una especie de silencio, una especie de enfermedad,
algo parecido a lo que los hombres llaman tedio,
algo
(el poema descendió una escala, un arroyo sobre piedras)
que da frío a la vela
en medio de su ardor, dijo.
Fue entonces,
en el esplendor de su poder que
me alcanzó y cambió
cuando pensé que caería extendido,
que el cantor comenzó
a dejarme. Lentamente
abandonó mi sombra meridiana
hacia la luz franca,
las palabras saltando y bailando sobre sus hombros
una vez más
curva fluvial de los tonos de la lira volviéndose
lentamente otra vez
murmullo.
Y yo
aterrado
pero sin dudar lo
que debía hacer
angustiado, a prisa,
desencajé de la tierra raíz tras raíz,
el suelo alzándose y agrietándose, el musgo haciéndose pedazos
y detrás de mí, los otros: mis hermanos
olvidados desde el alba. En la floresta
ellos también habían oído,
y arrancaban sus raíces con dolor
después de mil años de capas de hojas muertas,
haciendo rodar las rocas,
huyendo de
sus
profundidades.
Se hubiera podido pensar que perderíamos el sonido de la lira,
del canto
tan terribles eran los sonidos de la tormenta, allí donde no había tormenta
ni viento sino la embestida de nuestras
ramas moviéndose, de nuestros troncos luchando con el aire.
¡Pero la música!
La música nos alcanzó.
Torpemente,
tropezando con nuestras propias raíces,
haciendo crujir nuestras hojas
en respuesta,
nos movimos, lo seguimos.

El día entero lo seguimos, arriba y abajo, de la colina.
Aprendimos a bailar,
pues se detenía allí donde el terreno era plano,
y las palabras que dijo
nos enseñaron a saltar y a curvarnos hacia adentro y hacia afuera
alrededor uno del otro en figuras que el compás de la lira diseñaba.
El cantor
rió hasta las lágrimas al vernos, tan contento estaba.
Al anochecer
vinimos a este lugar en el que estoy parado, a esta loma
con su arboleda ancestral que era entonces simple pasto.
Con la última luz de ese día su canto se volvió
despedida.
Silenció nuestro anhelo.
Cantando sumergió en la tierra nuestras raíces secas de sol,
las regó: toda la noche llovió música tan callada
que casi no podíamos
oírla en la
oscuridad sin luna.
Con el alba se fue.
Hemos permanecido aquí desde entonces,
en nuestra nueva vida.
Hemos esperado.
No regresa.
Se dice que hizo su viaje hacia la tierra, y perdió
lo que buscaba.
Se dice que lo talaron
y cortaron sus miembros para leña.
Y se dice
que su cabeza todavía cantaba y que fue arrastrada por el mar cantando.
Quizá no vuelva.
Pero lo que hemos vivido
vuelve a nosotros.
Vemos más.
Sentimos mientras nuestros anillos crecen,
que algo levanta nuestras ramas, y empuja nuestras puntas más
distantes
aún más lejos.
El viento, los pájaros,
no suenan más pobres sino más claros,
recordando nuestra agonía, y la forma en que bailamos.
¡La música! Denis Levertov Traducción de Patricia Gola http://elmundoincompleto.blogspot.com/ lunes 5 de marzo, 11:48 h.


Mar 5
un árbol habla de orfeo, denise levertov
Feb 21

Por cierto, no es la primera vez que los hombres se hallan ante un porvenir materialmente cerrado. Pero salían adelante, por lo general, gracias a la palabra y al clamor. Recurrían a otros valores en los que depositaban sus esperanzas. Hoy nadie habla ya (salvo los que se repiten) porque el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oyen las voces de advertencia, los consejos y las súplicas. Algo en nosotros fue destruido por el espectáculo de los años que acabamos de vivir. Y ese algo es aquella eterna confianza del hombre que le ha hecho creer siempre que podían obtenerse de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la humanidad. Nosotros vimos mentir, envilecer, matar, deportar, torturar y cada vez que sucedía era imposible persuadir a los que lo hacían de no hacerlo, porque estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción, es decir al representante de una ideología.

El largo diálogo de los hombres acaba de cortarse. Y, por supuesto, un hombre a quien no se puede persuadir es un hombre que da miedo. Así, al lado de los que no hablaban porque lo juzgaban inútil, se extendía y se extiende aún una inmensa conspiración del silencio, aceptada por los que tiemblan y se dan buenas razones para ocultarse a sí mismos que tiemblan, y suscitada por quienes tienen interés en hacerlo. “No deben ustedes hablar de la depuración de artistas en Rusia, porque es hacerle el juego a la reacción”. “No deben ustedes decir que Franco se mantiene en el poder gracias a la ayuda de los anglosajones, porque es hacerle el juego al comunismo”. Bien decía yo que el miedo es una técnica.  Albert Camus El siglo del miedo Del libro Moral y Política, Albert Camus (Ed. Losada S.A., Buenos Aires 1978) http://www.revistacontratiempo.com.ar/camus_siglo_del_miedo.htm martes 21 de febrero 2012. 12:36 h

Feb 21
siglos del miedo
Feb 21


Los epicúreos, hijos de los siglos III y II a. C., deben su nombre, como ya se ha dicho en numerosas oportunidades, a Epicuro. El hombre helénico se refugia en las comunidades pequeñas o mínimas y ya no en la Polis. Ese refugio (símbolo y efectividad de la autarquía también cínica y estoica) aparece en el Jardín de Epicuro. La autarquía, en verdad es la ataraxía epicúrea. La ataraxía emana de la euthymía –serenidad de ánimo- y la hedoné –el placer en todas sus variantes-. Aristipo y los cirenaicos sólo consideraban como placer al corporal o epidérmico –la comida, bebida, la sexualidad-; para los epicúreos el placer se definirá más por su negatividad, es decir como ausencia de dolor. La ataraxía, autarquía o autosuficiencia da cuenta de esa definición del placer como ausencia del dolor. Y elogio de la estabilidad y la serenidad.

¿Cómo he de vivir? Esa es la pregunta de Epicuro. Es la pregunta del millón. La filosofía es un cierto saber para el vivir. Un saber que nos procura de herramientas para vivir rectamente, en otras palabras, para vivir mejor. El hecho de “ganarnos” la vida no nos dispensa de “vivirla”. Pero no sabemos vivir la vida. Nadie lo sabe. Quizá Epicuro nos proporcione herramientas muy efectivas en ese sentido: la filosofía era una terapéutica muy clara y simple explicada en el llamado tetrafármakon, es decir, un cuádruple remedio contra el miedo a los dioses, la muerte, el dolor y la infelicidad; además, una maravillosa forma de dar cuenta de nuestros deseos naturales y necesarios de aquellos que no son necesarios para vivir, y que solo nos producen dolor en el cuerpo y perturbación en el alma. De esa sabia clasificación epicúrea, es que podemos pensar nuestras propias existencias a menudo confundidas por el estímulo al consumo sin saber discriminar lo que precisamos verdaderamente de lo que no. Después de todo, la felicidad para Epicuro es alcanzable y sólo requiere de unas pocas cosas.

Foucault decía de los griegos que eran austeros en nombre de una bella vida, y no en el de una ciencia psicológica autorrealizada. Precisamente, se trata de una moderación o serenidad no propiciada por una instancia represiva o condenatoria que nos impida tal o cual acción sino en el nombre de un arte de vivir: Epicuro es el mejor ejemplo de ello. 
Cata de Ideas, 16 Febrero 2012  ¿Para qué Epicuro?  http://www.facebook.com/events/294678113914468/ 11-2-12. 23: 40h

Feb 21
catas
Feb 21

La esposa se desabrochó, esperando el regreso del herrero para hacer cama. Desnuda se acercó a la pierna de la res, la contempló, acariciándola con los ojos desde lejos. La pierna trasudó como una gota de sangre que vino a reventar contra su seno. No reventó; al golpe duro de la gota de sangre en el seno sintió deseos de oscurecer el cuarto antes de que regresase el herrero. Sintió miedo de verse el seno y miedo de ver al esposo. El sueño, uno al lado del otro, los distanció por dos caminos que terminaban en la misma puerta de hierro con inscripciones ilegibles. Cierto que ella era analfabeta; él, había comenzado a leer en griego en su niñez; a contar los dracmas limpiando calzado en Esmirna y había hecho chispas en los trabajos de la forja colada en la villa de Jagüey Grande. Cuando dormía, después que había penetrado con su cuerpo en su esposa, diversificaba su sueño, ocurriéndosele que recibía un mensaje de Lagasch, alcalde de Mesopotamia, comprando todas sus cabras. Al terminar el sueño, soñaba que estaba en el principio de la noche, en el sitio donde se iniciaba la inscripción de los soplos benévolos. José Lezama Lima. Cangrejos, Golndrinas. Cuentos. Ed. Letras Cubanas 1987 http://bibliotecaignoria.blogspot.com martes 7-2-12 1:28

Feb 21
cangrejos, pulpos, golondrinas